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Narrativa 1920-1930

Enrique González Tuñón

Cuando Raúl calla, Enrique dragonea.

Sobre Narrativa 1920-1930 de Enrique González Tuñón(Ediciones El 8vo. loco, Buenos Aires 2006)

Por Rigoberta S. Zarlizeitt | El interpretador

Por una de esas manías que tiene el calendario, el pasado fue el año de Raúl González Tuñón. Así, a lo largo y a lo ancho de la calle Corrientes se sucedieron lecturas poéticas, proyecciones de videos, conferencias, mesas redondas, puestas de obras de teatro (escritas en colaboración), todo para homenajear la memoria de quien se atrevió a blindar la rosa. Y bien, ahora le ha llegado el turno a su hermano mayor, Enrique, a quien la posteridad ha relegado a un segundo plano, que no se condice con la popularidad que le otorgó el campo cultural que le fue contemporáneo.

"¡Maldito sea el Tuñón por haber hecho un libro tan corto siendo tan bueno y habiendo tanto autor que da trescientas páginas de macanas!", se ofusca Roberto Arlt en "El libro de los pelafustanes" (un aguafuerte), nombre que según él hacía más honor – y era, por lo tanto, más adecuado – al contenido de La rueda del molino mal pintado, que el del propio autor. Escritos en 1928, estos cuentos acaban de ser reeditados – junto con los de El alma de las cosas inanimadas (1927) y la novela El tirano. Novela sudamericana de honestas costumbres y justas liberalidades (1932) –, dentro de la colección Pingüe Patrimonio. Hasta el año pasado, ésta pertenecía a la Editorial Malas Palabras Buks, pero ahora se ha 'mudado' de casa editora. Y también de barrio, corrimiento que implicó una radicalización política (y no en el sentido de la UCR). De esta forma, la narrativa corta de Enrique inaugura Ediciones El 8vo. loco, cuyo logo – un puño rabioso que se proyecta desde la oscuridad – tiene resonancias tanto literarias (pienso en la primera edición de Los siete locos, hipótesis que encuentra un eco en el nombre de la editorial), como ideológicas (y esta vez pienso en la 'radicalización' que mencioné más arriba). Al respecto, y refiriéndose al título anterior de Pingüe Patrimonio, dedicado a la poesía de Nicolás Olivari, María Inés Novoa apunta que esta colección está "dedicada a exhumar los libros del sector más izquierdista y 'socializante' del campo literario argentino de los '20" ("La musa descuajeringada de los '20", en El matadero. Revista crítica de literatura argentina, Buenos Aires 2005, Corregidor, p. 315). Existe una comunicación medular – así lo entienden los prologuistas: Ana Ojeda Bär y Rocco Carbone – entre las dos colecciones de cuentos que reedita El 8vo. loco. Esta se asienta en la construcción de un arrabal, espacio propio de una serie de personajes que, "si bien coquetea con lo que está fuera de la ley, no por eso abandona los valores morales que rigen a la sociedad toda" (p.14). Es así cómo por los cuentos desfilan estafadores probos y ladrones compasivos, es decir, más que delincuentes, pillos, malandras o, citando a Roberto una vez más, "furbos". Aquellos que viven dentro de la ley, acatándola y violándola setenta veces al día, simultáneamente. Este adverbio no es ocioso en este contexto, ya que denota la constitución grotesca de estos relatos, que el mismo narrador se encarga de aclarar en textos pre ("Mis ojos", en El alma) o posliminares ("Breve disquisición acerca de los hombres del café" en La rueda). Tal como sucede en Cambalache, de Discepolín, en el arrabal de Enrique "todo es igual, nada es mejor". En él, los teléfonos matan, los colchones sufren, los honestos son ladrones y los sastres, filósofos. Confusión singular que se puede pensar – según los prologuistas – como la traducción estética de la ensalada babélica que fue la Buenos Aires inmigratoria de principios del siglo XX.

Además de las dos antologías del 27 y el 28, cabe mencionar que esta reedición le ofrece al lector, en calidad de 'bonus track', El tirano (1932): versión menos exótica que el Estrada Cabrera guatemalteco. Desde ya, El señor presidente de Miguel Ángel Asturias. 'Novela', según reza su propio título, hace de la risa, un arma de lucha eficaz contra los gobiernos de facto. En este sentido, lo que Bajtín advierte en las manifestaciones populares de la cultura europea medieval, vale también para este texto de Enrique: "En la cultura de clases, la seriedad era oficial, autoritaria, se asociaba con la violencia, con las prohibiciones, con las restricciones. Siempre hay en esa seriedad una componente de miedo y de intimidación. En la seriedad medieval, esa componente dominaba incontrastada. La risa, al contrario, presuponía la superación del miedo. La risa no impone prohibiciones ni restricciones. El poder, la violencia, la autoridad jamás usan el lenguaje de la risa". Es así: la risa que provoca El tirano, hilarante y amarga a la vez, se me antoja – mirando desde nuestro presente – una resistencia furibunda a todos los generales que, a lo largo del siglo XX, se eternizaron en el poder. Aunque más no sea por eso, bien vale una lectura.

Con el cuidado que ya despuntaba en el libro dedicado a la poesía de Olivari, esta reedición de Enrique pone a disposición del lector, por segunda vez consecutiva, "un conjunto de libros que logra salir de la colección privada o la biblioteca especializada para volver a la calle en la cual y sobre la cual se escribieron", según anota Novoa. Por eso, parafraseando a Raúl a escasos meses de su centenario, si querés ver la vida color de gris, poné 23 pesos en la ranís.

Rigoberta S. Zarlizeitt nació en el barrio de Flores en 1976. En 2001 se vio obligada a abandonar el país y desde entonces dicta clases de Argentinisches Sprach u. Kulturwissenschaft (XX. Jahrhundert) en la Universität Kilms-Bernäll (Alemania).