Reseñas, artículos, notas, entrevistas. Esto se dijo de los libros de El 8vo. loco. Esto opinaron nuestros autores.

Tensiones ordenadas alfabéticamente

Alejado de toda noción de objetividad, el primer volumen del "Diccionario razonado de la literatura y la crítica argentinas", dirigido por Rocco Carbone y Marcela Croce, es un interesante trabajo que pretende desactivar la voz homogénea del discurso enciclopédico y construir un dispositivo de apertura permeable al cambio. Con algunas entradas polémicas, para marzo de 2012 se espera el segundo tomo.

Gabriel Cetkovich Bakmas

Este tipo de diccionarios puede ser leído de diferentes modos. Una de las primeras alternativas es revisar presencias y omisiones. Esta opción, que en principio busca descubrir el criterio de selección, suele convertirse pronto en un cuestionamiento estéril: por qué está tal escritor y no tal otro. Siendo éste el primero de tres libros, la pregunta muere en el instante de su formulación. Alguien recrimina: "Está Hernán Brienza pero no está Cristina Forero", pero: ¿no habrá que esperar a que se publique el volumen con la M de María Moreno? ¿Dónde debería estar Paola Caracciolo (verdadero nombre de Pola Oloixarac), en la C o en la O? Si está Alfredo Carlino, ¿estará Luis Alberto Ruiz en el último volumen? Este tipo de abordaje alimenta la decepción y atenta contra el placer de la lectura.

Por otra parte, el título lo advierte, el término razonado implica selección y no totalidad; razón antes que máquina. En el "Preámbulo", Ana Ojeda prevé esta crítica y nos cuenta la cocina del libro. Este será "un diccionario que exceda los pequeños márgenes de una supuesta objetividad, que evite la profilaxis taxativa pequeñoburguesa" (el anacronismo ideológico es una elección consciente, que reaparece en algunas entradas).

Algunas críticas condenan también la irregularidad estilística entre las diferentes entradas. Pero ése es, justamente, el punto más interesante de un trabajo que se pretende colectivo: desactivar la voz única y homogénea del discurso enciclopédico y construir un dispositivo de apertura permeable al cambio. Y para esto es necesario ir a fondo contra la isotopía estilística. Esto también lo aclaran en la "Advertencia": "Lo multitudinario de la experiencia dio origen a un entramado heterogéneo que hemos conservado con sus proporciones no siempre estilizadas". Bienvenidos, entonces, la subjetividad y sus efectos discursivos. A esta altura, nos cuestionamos la seriedad de los comentarios aparecidos en otros suplementos. ¿Estaban fundados en la lectura completa del libro o en una ojeada al vuelo para chequear prejuicios? En cualquier caso, le exigen al libro lo que el libro no propone. Ni a los formalistas rusos leyeron esos tipos.

En esas mismas páginas preliminares, para caracterizar el proceso constructivo del libro, hablan de canon. Con el objetivo de acotar el alcance, ponen como tope a los autores nacidos a partir de 1890. Teniendo en cuenta que algunos de los escritores contemporáneos contemplados no justifican con su obra la inclusión en este índex, se debe suponer entonces que existe otra variable en la selección. Ana Ojeda lo explica muy bien: "En un medio regulado por las estrategias de mercadotecnia y éxitos de venta, proponemos un canon compaginado a partir de otros valores (marginales: la calidad, la particularidad, la no universalidad, la dificultad de decodificación, la incomodidad, lo grotesco)". Es necesario entonces recurrir a la noción de campo de Pierre Bourdieu, que da cuenta de las tensiones constitutivas de todo canon y elimina la idea cuasi religiosa de lo consagrado.

En este sentido, no sólo la cantidad de páginas o la consigna editorial marcan las diferencias entre el Diccionario básico de literatura argentina de Adolfo Prieto (CEAL, 1968), la Enciclopedia de la literatura argentina de Pedro Orgambide y Roberto Yahni (Sudamericana, 1970) o el Diccionario de autores latinoamericanos de César Aira (Emecé, 2001). Más allá de la arbitrariedad de las elecciones –explícita en Aira– o de los límites de tiempo y espacio, esos libros permiten leer esas tensiones del campo literario en el momento de su publicación. Si no se ponen en juego las prácticas sociales y sus actores, el concepto de canon sólo puede legitimarse en el plano cuasi religioso de lo consagrado. Sea como fuere, lo más interesante es disfrutar la lectura y disponerse de buena gana a la polémica y a sumar miradas e hipótesis de lectura en torno a cada uno de los escritores. A veces desafiantes. "Nada de la biografía de César Aira puede ser interesante", dice con tono polémico Graciela Montaldo. Y aclara: "Es la obra la que opera detrás del nombre de este autor". Y esa obra no tiene principio ni fin, no tiene géneros, se expande en cantidad de libros y libritos, pero no se circunscribe a ellos, "así diría yo que se define la literatura de Aira". Bienvenido el yo, ¿qué mejor que la primera persona para hablar del "fenómeno Aira"?

Otras veces, la ironía marca el paso. Pablo Castro escribe sobre la poeta mística María Raquel Adler: "Dios y el Estado son su fuente de inspiración". La entrada para Electra Mirta Arlt, escrita por Rocco Carbone, la presenta como "profesora y exégeta con intervenciones mesuradas y prudentes aunque proliferantes a la obra de su padre, que es Roberto Arlt. Proliferaciones críticas próximas al quietismo".

Perlitas como ésta hay muchas. Temas para el debate también. Por eso, no es tan sólo un libro de consulta. ¿Faltará mucho para llegar a la zeta?