Reseñas, artículos, notas, entrevistas. Esto se dijo de los libros de El 8vo. loco. Esto opinaron nuestros autores.
Ana Ojeda y Rocco Carbone
Buenos Aires, marzo de 2011
En la reciente edición marzo-abril 2011 de BazarAmericano (www.bazaramericano.com.ar), Martín Prieto publicó "Diccionarios, enciclopedias, canon". En este texto sanciona –con altura discursiva, una argumentación convincente en apariencia y sin mayores aprensiones– nuestro Diccionario razonado de la literatura y la crítica argentinas (s. XX), t. I: A-G. En él, concluye la calidad pésima de nuestra obra, debido a una falta constante de regularidad, carencia de uniformidad, heterogeneidad a ultranza. Todas éstas, características que no aportan a una obra de crítica literaria –en su opinión–, sino que la rebajan a "deforme pesadilla de cualquier canon imaginable". No duda, incluso, en echarnos en cara la falta del tomo II (H-Z), considerando que "toda obra crítica […] triunfa en su autosuficiencia".
Que nuestro Diccionario no le gusta es un hecho comprobable y entendible: los presupuestos de lectura que desgrana en su artículo –y que en seguida veremos– dejan en evidencia que como crítico prefiere lo ordenado y constante. La cosa previsible. Características ausentes –tal como lo anunciamos en las páginas preliminares de la obra– en nuestro Diccionario. Si la suya es una lectura pensable dentro las distintas declinaciones del universo de la recepción, lo que resulta impensable es la manera en que Prieto invisibiliza –¿por incapacidad de lectura?– los argumentos y razones de quienes somos blanco de su crítica. Para llegar a una conclusión cuestionable, al presentar como universales apreciaciones de carácter sujetivo. Con esta actitud –más preocupada en ponderar otros diccionarios próximos a su forma de entender la faena crítica que en leer la obra que está reseñando–, queremos entrar en polémica a través de estas líneas.
En "Diccionarios, enciclopedias, canon", Prieto enhebra una tradición para nuestro Diccionario. Destila erudición al comenzar elencando una edición preliminar del segundo y último volumen –dedicado a la Argentina– de un diccionario publicado en Washington, DC en 1961. El recorrido tiene ocho escalones en total, enumerados de a uno por Prieto, notablemente capaz de la proeza de encontrar fallas en todos, excepción hecha –no sorprende– del de su padre, cuya "discreta prosa persuasiva […] logra hacer, de un volumen de colección cuyo tono cabría esperar sea neutro o profesional, una obra de autor". Llama la atención la paciencia con que Prieto referencia la cautela de los responsables de los distintos proyectos, quienes en prólogos, prefacios y advertencias, organizan –como es lógico– una apertura de paraguas generalizada. Así, nos encontrmos frente a ediciones preliminares, diccionarios básicos (lejos de lo abarcador y representativo), manuales de consulta (lejos de cualquier pretensión enciclopédica), trabajos personales y domésticos (sin pretensiones de exhaustividad o sistematicidad), obras que buscan antes la representatividad que la exhaustividad. No extraña: la magnitud y dificultad que entraña la confección de un diccionario justifica con creces aclaraciones y reparos de todos los tamaños y colores. De hecho, también nosotros cumplimos pacientemente con el inaugural hincamiento de rodilla y en la "Advertencia" escribimos:
este diccionario es un punto de partida, una accesible primera puerta que permite atisbar el bosque de relaciones y conceptos que luego cada lector sabrá entretejer en base a su curiosidad personal. En ningún momento nos consideramos ni quisimos ser enciclopedistas. Preferimos la inflexión montonera, clásica. Nos pareció adecuado utilizar el formato, traicionando sus exigencias de regularidad y unificación, con vistas a insertarlo en la época que nos toca vivir, muy lejana del siglo de las luces [...] decidimos sacrificar la uniformidad en aras del acopio de datos y los designios individuales de un complejo entramado de subjetividades (13).
Lector tan astuto como mendaz, Prieto convenientemente se salta este párrafo para acusarnos de "notorias faltas de criterio editorial, manifiestas 1) en que las reseñas de algunos autores van acompañadas, por fuera, por una ficha que detalla su obra y otra […] Por un momento Ojeda logra la proeza crítico sentimental de que extrañemos el método cerrado y regular de Alfredo Roggiano". Es decir: el crítico prefiere –a nuestra presentación de "un entramado heterogéneo que hemos conservado en sus proporciones no siempre estilizadas. Montaje algo grotesco –como nuestra propia identidad–" (13)– la "prosa burocrática" (dice) de un profesor de la State University of Iowa, publicado en Washington DC y financiado en última instancia por la Organización de los Estados Americanos. Y sin embargo, Prieto elige abrir su propia Breve historia de la literatura argentina (Taurus, 2006) con una cita de J.M. Gutiérrez en la que leemos: "Y, ¿será el extranjero quien haya de venir a cantar lo que a nosotros únicamente puede conmover las entrañas?" (7). Curioso: Prieto adhiere a la cita de Gutiérrez pero siente una profunda incomodidad y rechazo, una profunda distancia, en fin, respecto de una obra que en su "Preámbulo" anuncia:
En el origen, dos hipótesis se nos presentaron como fundamentales: somos hijos de la mezcla (consecuencia directa de la política inmigratoria instrumentada por la clase gobernante a partir de 1880) y la ficción es la confluencia y salvaguarda de las problemáticas históricas mayores […] solo pensando el margen desde el margen se arriba a conclusiones acordes con el contorno que las ve nacer y, en este sentido, útiles para pensar la realidad que nos toca vivir, que moldeamos día a día, entre todos (8).
Y si el Diccionario lo escandaliza, es justamente porque logra lo que se propone: porque es una obra mezclada y abnorme y heterogénea, "con sus proporciones no siempre estilizadas" (13), insistimos.
Prieto selecciona, además, otra cita –esta vez de José Hernández– para abrir su Breve historia:
Me he esforzado […] en presentar un tipo que personificara el carácter de nuestros gauchos […] con todos los arranques de su altivez, inmoderados hasta el crimen, y con todos los impulsos y los arrebatos, hijos de una naturaleza que la educación no ha pulido y suavizado (7).
La cita lo seduce. Lo enternece, como solía repetir un viejo amigo. Pero sólo a nivel de la actividad puramente especulativa. Cuando se torna una práctica, una realidad (como en el caso de nuestro Diccionario) le molesta. Se siente abrumado. Su perspectiva crítica prefiere lo ordenado, lo uniforme, lo aburrido. Lo burocrático.
Las cosas vivas son desordenadas, cambiantes, imprevisibles, difíciles de dominar, de clasificar. Nuestro Diccionario responde a esta declinación: "Nos pareció adecuado utilizar el formato, traicionando sus exigencias de regularidad y unificación, con vistas a insertarlo en la época que nos toca vivir, muy lejana del siglo de las luces" (13). Prieto obvia con olímpica ligereza estas líneas porque en su concepción un diccionario debe estar más próximo a un cementerio, más próximo a los léxicos muertos. Lugares que tienen un ambiguo atractivo: el del orden, la prolijidad; nada sale de ellos. El lugar del crítico es homologable al de las lloronas, que en el velorio se lamentan de todo lo bueno que se ha perdido. Una versión más del todo tiempo pasado fue mejor.
Entre cementerios y curas: desde el púlpito, Prieto nos aclara que "para convertirse en un texto de batalla –contra la mercadotecnia, contra el lucro, según sus manifiestas pretensiones– debió de haber establecido [el Diccionario] ciertas pautas de compatibilidad en todas las entradas".¿Por qué deberíamos haber unificado el material, cuando desde el principio anunciamos que "preferimos la inflexión montonera"? (13).
¿No es lo suyo, señor censor, como pedirle peras al olmo?
Pero, en fin, veamos: ¿qué se puede esperar de alguien capaz de escribir: "Por otra parte, los géneros literarios más o menos convencionales –ensayo, poesía, dramaturgia, narrativa, niños y jóvenes, este más comercial, o editorial, que específico– se extienden insensatamente hacia el humor gráfico"? En medio de una modernidad líquida, inestable, atemporal y globalizada, el crítico Prieto considera –todavía– que el campo literario es un compartimiento estanco, sin porosidades ni influencias de otros campos, áreas, series. No extraña, entonces, la torsión crítico-psicológica que le supone su –¿inconsciente?– profesión de fe estructuralista que le hace apuntar, con cautela –por supuesto–, en la "Introducción" de su Breve historia:
Aunque aisladas en su contexto temporal, las discusiones del formalismo ruso sentaron las bases de la posterior y avasallante exaltación del signo lingüístico emprendida por el estructuralismo y el posestructuralismo durante las décadas del sesenta y del setenta. Un giro al que vino a sumarse la puesta en crisis de los paradigmas del discurso histórico tradicional. Desde entonces […] pocas dudas caben de que ha convertido en incómoda cualquier tentativa de pensar en una historia de la literatura (9).
Una vez más, Prieto quiere evadirse de la independencia de la esfera literaria (por algo se propone, y escribe, una historia de la literatura) pero entra en pánico al enfrentar nuestro Diccionario, producto del entrevero de múltiples subjetividades, y de sus efectos discursivos. Nos aconseja dejarlas de lado para normalizar la obra, burocratizarla –como lo hacen en Iowa–, y elige pasar por alto, calculadamente, la parte en que enfatizamos: "Un diccionario es un mapa, un recorte de la realidad, el producto de una subjetividad (o un conjunto de ellas), la compaginación sintética de una Weltanschauung, una manera de entender el mundo" (8).
De forma que Prieto y nosotros vivimos en mundos distintos. Donde él busca la cosa aburrida y burocrática (ilusionándose con que es lector de Arlt, cuya cita obediente tampoco falta en la apertura de su Breve historia), nosotros desencadenamos –y construimos un espacio para– una escritura tumultosa, cojeante, fiel reflejo de la manera en que se produce. De esto desciende que nuestro Diccionario es una expresión contundente y coherente de nuestro mundo, uno muy alejado de Iowa y las alarmas del Dr. Prieto.
El impulso corrector de Prieto se desencadena pronto en "Diccionarios, enciclopedias, canon", al dar cuenta –de manera falaz– que ya desde el "Preámbulo" "[los responsables del Diccionario] Se imponen la auto condescendencia retórica [...] De donde se desprende que también se imponen un maestro: David Viñas, Boris, en versión discipular, discursivamente declinante". Intuye que somos jóvenes: "suponemos que lo son, o por lo menos su actitud en busca de un maestro protector los convierte en tales". Nosotros, por nuestra parte, intuimos que Prieto es un viejo prematuro, que a su obsesión por el orden, la pulcritud y la burocracia, agrega su incapacidad para con las TICs, ya que basta con tipear en Google nombre y apellido para obtener vida y obra de cuanta persona estuvo involucrada en el Diccionario, incluidos por supuesto quienes suscriben estas líneas. Resulta sintomática la lectura sesgada que efectúa Prieto del episodio de marras en el que se narra, justamente, la ausencia de un padre (como el suyo) que avale nuestro Diccionario. Es esa falta de apoyo, ese porfiar en la concreción del proyecto en ausencia de la fuerza material, lo que vuelve nuestro Diccionario un hecho literario digno de la realidad vivida por quienes lo gestaron, lo impulsaron y finalmente lo lanzaron al ruedo. Una línea basta para justificar un libro y nuestro Diccionario las tiene y a montones, como no puede sino reconocer el propio Prieto al rescatar los trabajos de Montaldo, González, Rinesi, Tarcus, entre tantos otros.
A diferencia de nosotros y lejos de los arranques pugilísticos de Viñas, Prieto (h) ubica la aventura de su Breve historia al reparo de papá T. S. Eliot, quien permite la picardía porque "entendió que era posible emprender una revisión de la literatura del pasado, y que era, además, deseable que cada tanto un nuevo crítico estableciera un nuevo orden de textos y autores" (10). Y en esta misma línea, resulta sintomático el enternecimiento que le provoca la destacable labor del viejo Adolfo, a quien rápidamente perdona la ceguera hacia Silvina Ocampo (ausente en su diccionario) por ser un "contornista en 1968". Vale decir que, una década después de la clausura de la revista homónima, Prieto padre sigue siendo disculpable por su obcecación, mientras que nuestra exclusión de María Moreno (la M, como es notorio, viene después de la G, letra que cierra este primer volumen) nos conduce irremediablemente a un Diccionario no "autosuficiente", lugar en donde triunfa –Prieto (h) dixit– toda obra crítica.
No se olvida tampoco Prieto (h) de la apertura de paraguas, con la que elige finalizar su prolija –¿podía ser de otra manera?– introducción, para aclarar que: "No es que el historiador no tenga información y criterios de evaluación sobre la nueva literatura, sino que no son visibles todavía sus efectos en el largo plazo", excusándose así de expedirse acerca de sus contemporáneos, faena por demás ingrata e incómoda, con la que sí se trenzan los críticos genuinos, sensibles hacia lo que los rodea.
Por un lado, entonces, Prieto (h) considera inadecuado "el espíritu revulsivo del preámbulo" y luego pobre el "estilo más sobrio, más profesional, por momentos neutro y aburrido" del cuerpo del Diccionario, para terminar encontrando puras "reseñas opacas de autores opacos, de quienes además se nos ofrecen datos más opacos todavía". Es así: nosotros optamos deliberadamente por el lado B de la literatura, por su costado no luminoso ni brillante, por su lado oscuro. Por eso recordamos con asiduidad a Arlt. Lo que sanciona en nosotros, Prieto (h) se lo perdona a Aira –¿será tal vez porque es Aira?–, que a su entender se extiende en su diccionario "más hacia lo desconocido que hacia lo conocido [...] la virtud y el límite de este Diccionario consisten, precisamente, en su interés y regusto por las obras de autores que hacen de la literatura menor una profesión de fe". Como nosotros; sólo que en nuestro caso, el tono es para él un problema. Lejos del "Aira señala que su Diccionario no tiene aspiraciones de exhaustivo ni sistemático", el nuestro se lanza con ímpetu a la construcción de un canon reñido con lo comercial. A Prieto (h), el impulso le deja un regusto a bravuconería, a autocondescendencia retórica en el paladar. Tal vez, pero bravuconería buscada, querida, consecuencia de una práctica autoconsciente de sí, no como la suya, que abre su Breve historia con una cita de Arlt y luego se escandaliza ante la heterogeneidad, lo arbitrario, lo multiforme –que desobedece al género en el que se inscribe–, para salir corriendo a la falda de un profesor de la University of Iowa.
A diferencia de Prieto (h), nosotros sí nos expedimos acerca de nuestros contemporáneos, aclarando que lo hacemos desde nuestra subjetividad, nuestras pautas, nuestros postulados. Ese tono es lo que molesta a Prieto (h), cuya cautela apenas se "atrevería a agregar" –en la "Introducción"– alguna cosita mínima a los conceptos de Eliot antes de permitirse poner manos a la obra.
¿Debe un diccionario resistir necesariamente una lectura de corrido? ¿No es su estructura la del archipiélago, lo fragmentario, lo no perfectamente igual ni conectado? ¿No invita a –y se propone generar– una lectura sincopada, de acuerdo a las necesidades eventuales de quién lo consulta, en la que la falta de proporción no molesta ya, sino que aporta y enriquece el valor de la obra? Olvidemos por un momento a Prieto (h) y oigamos otras voces, otros ámbitos:
Algunas críticas condenan también la irregularidad estilística entre las diferentes entradas. Pero ése es, justamente, el punto más interesante de un trabajo que se pretende colectivo: desactivar la voz única y homogénea del discurso enciclopédico y construir un dispositivo de apertura permeable al cambio. Y para esto es necesario ir a fondo contra la isotopía estilística. Esto también lo aclaran en la "Advertencia" (Cetkovich Bakmas, G., "Tensiones ordenadas alfabéticamente", Cultura Perfil, 16/01/2011).
De todo esto se desprende que nuestro Diccionario razonado no es para Prieto (h). No es legible para él, como no lo fue Arlt para una gran porción de sus contemporáneos. Porque Prieto (h) no tiene nuestro olor y porque le causa desasosiego la falta de orden y proporción, lo feo, lo deforme, lo grotesco. Entendible, entonces, que lo encuentre no sólo malo, sino muy malo, pésimo, escalofriantemente desagradable, revulsivo. O sea: una obra que, desde su ámbito, es capaz de conmoverlo, molestarlo, irritarlo. Nuestra intención desde el comienzo, tal como consta en el "Preludio" bravucón. Bien por la mano firme.
De la lectura del opúsculo de Prieto (h), se vuelve evidente que el autor cree saber lo que debería hacerse para armar un diccionario, acorde a sus exigencias y pautas de lectura: mesura y uniformidad, exhaustividad, exactitud, prolijidad en el dato, relevancia de autores y todo lo otro que nos exige. Que lo haga. Que arme el segundo tomo: H-Z. Pero en nuestras mismas condiciones de producción. Así podremos comparar cosas concretas.