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Poesías 1920-1930

Nicolás Olivari

La musa descuajeringada de los '20

El Matadero. Revista crítica de literatura argentina (Segunda época, Núm. 4, Buenos Aires, 2006, pp. 315-317) Publicación del Instituto de Literatura Argentina "Ricardo Rojas" (UBA) Dirs: David Viñas y Marcela Croce

Por María Inés Novoa | El Matadero

La vacilación ha sido la constante crítica para ubicar a Nicolás Olivari (1900-1966) en el tironeo entre esa dicotomía tan exacerbada que se trazó alrededor de Florida y Boedo en la década del 20. Si bien su participación en la revista Martín Fierro lo aproxima claramente a Florida, los temas y las figuras que dominan sus textos —especialmente los de poesía— se adscriben típicamente a cierto encasillamiento que se le deparó a Boedo, sobre todo desde los entusiasmos modernizadores dispuestos a anular su presencia y magnificar en contrapartida el extremo más vanguardista de la remanida dialéctica.

Una reedición de sus primeros libros poéticos —La amada infiel (1924), La musa de la mala pata (1926) y El gato escaldado (1929)— no podía evitar el tránsito por ese contrapunto, si bien el prólogo que escriben Ana Ojeda Bär y Rocco Carbone excede tan estrecho marco y se extiende, hacia atrás, al impacto de la inmigración en la Argentina desde mediados del siglo XIX, y hacia adelante, hasta la producción olivariana de los '30 que fluctúa entre la fascinación por los personajes marginales que comparte con Raúl González Tuñón —con quien escribe para el teatro Dan tres vueltas y luego se van (1934)— y la seducción que ejercen sobre el porteño arrabalero las estrellas del cine hollywoodense desplegadas en el collage que configuran la portada y las viñetas de El hombre de la baraja y la puñalada (también del '34).

La reunión de los tres poemarios iniciales de Olivari es el primer título de la colección "Pingüe Patrimonio" dedicada a exhumar los libros del sector más izquierdista y "socializante" del campo literario argentino de los '20. Los dos títulos que se anuncian como sucesores de esta inauguración corresponden a la narrativa de Enrique González Tuñón (El alma de las cosas inanimadas y La rueda del molino mal pintado) y de Roberto Mariani (El amor agresivo y La frecuentación de la muerte).

Olivari integra esa franja de intelectuales cada vez más numerosa que comienza a perfilarse sobre el 900 y que según Ojeda Bär y Carbone empuja la vida literaria "fuera de los límites de la oligarquía dominante" (p. 13), situación que se volverá más evidente a partir de 1916 cuando el radicalismo acceda al poder e impulse a las clases medias en todos los ámbitos de la vida nacional. Retomando un texto casi olvidado de Juan Pinto, los prologuistas coinciden en que esa fecha representa el momento en que "los aportes inmigratorios acceden al plano histórico" (p. 13), algo más notorio en el caso de los boedistas cuyos apellidos son de inequívoca sonoridad extranjera: Barletta, Castelnuovo, Mariani, Zeitlin (que castellaniza su nombre en César Tiempo).

Los escritores nucleados en Boedo abusarán con frecuencia de la literatura como una forma de adoctrinamiento en la que el dogmatismo político que comparten encuentra expresión. El género más apto para esta función es la narrativa, erigida en "instrumento de combate" para "agitar las conciencias del pueblo" (p. 14), aunque a veces tales excesos se desbarranquen en la colección de monstruos de Castelnuovo o recalen en las más consabidas fórmulas del folletín sentimental.

Precisamente estas opciones, al tiempo que restringen las posibilidades renovadoras de sus relatos, incurren en un reclamo de reformismo que se sustrae a las posibilidades revolucionarias que pretendían crear en los lectores. En ese conflicto se inserta la poesía de Olivari como una resistencia múltiple: al género narrativo, al adoctrinamiento, al golpe bajo, al sentimentalismo. Los desvalidos olivarianos no pretenden ninguna reforma: mueren tuberculosos con una resignación callada o se entregan a la prostitución sin las recriminaciones burguesas.

Y los prólogos de los poemarios van in crescendo en el rechazo al aburguesamiento y se obstinan en la revolución sin echar culpas sobre las causas de la miseria, sino exigiendo su reparación: si La amada infiel está dedicado a las compañías de tranvías Anglo Argentino y Lacroze —en una serie de transporte urbano cuyo parentesco inmediato son los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922) de Oliverio Girondo—, La musa de la mala pata va destinado a los empleados de comercio que aguardan "la inminencia de la patada patronal" y El gato escaldado se inicia con unas "Palabras que se lleva el viento" instaladas como un manifiesto vanguardista que expulsa el lirismo, insiste en una "poesía de ictericia" e introduce a modo de espaldarazo el juicio de Güiraldes: "ha hecho Ud. una cosa viva, capaz de evadirse del libro de Ud. que la ha hecho" (p. 137).

La edición de Malas Palabras Buks tiene una serie de cortesías con diversos lectores. Al que se acerca por primera vez a Olivari, le ofrece una breve biografía y una bibliografía completa del autor. Al estudioso de literatura argentina le destina el prólogo y la trascripción de las críticas contemporáneas a los versos. Al filólogo le aporta detalles sobre la primera edición de cada uno de los textos. Y a todos les permite acceder a un conjunto de libros que logra salir de la colección privada o la biblioteca especializada para volver a la calle en la cual y sobre la cual se escribieron.