Reseñas, artículos, notas, entrevistas. Esto se dijo de los libros de El 8vo. loco. Esto opinaron nuestros autores.

Carne al sol

Nicolás Olivari

Al rescate de Nicolás Olivari(1900-1966)

La pertenencia equívoca

Irreverente, excéntrico e inclasificable, supo ocupar la escena literaria a partir de la década del 20 desde el lugar de la excentricidad. Miembro del grupo de Boedo, y luego del de Florida, su obra (ensayos, obras de teatro, periodismo, poemarios, novelas y cuentos) viene siendo rescatada del olvido gracias a recientes reediciones. Ahora acaba de aparecer Antología y su primer libro de cuentos, Carne al sol.

Por Sonia Budassi | Diario Perfil

Imaginemos a dos jóvenes inteligentes, inquietos y talentosos que abren un blog, una cuenta de Twitter o Facebook con un falso usuario, utilizando el nombre de una celebridad literaria. Es probable que el gesto ya no resulte ni muy transgresor ni muy divertido y quizá tampoco demasiado interesante. También es probable que pase inadvertido. Pero imaginemos otra vez... ¿qué hubiera sucedido a principios del siglo XX ante una operación similar? Sería lógico pensar que, tiempo atrás, el efecto fuera otro. Nicolás Olivari, junto a su compinche Lorenzo Stanchina, tuvo una ocurrencia análoga pero con un objetivo ambicioso y una motivación entre lúdica y estratégica en 1922. En una carta, Stanchina cuenta el fundamento de la operación: "Teníamos la misma edad y parejas ansias literarias. Tanto Olivari como yo escribíamos de todo (...). Sin embargo, nadie hacía caso de nosotros. Vivíamos literariamente ignorados, afiebrados de sueños, de ilusiones, desesperanzas, en el sube y baja de la fe en el propio valor". El producto de esta aventura fue el libro Desgraciados, escrito por Stanchina y con prólogo de Olivari pero firmado por el noruego Knut Hamsun –famoso premio Nobel en aquel entonces– y por el nombre falso de Ramón Pérez de Ayala, respectivamente. La empresa iniciática deja en claro el envión de los escritores para entrar en el campo literario de una forma singular, con una suerte de fraude que logre diferenciarlos y que llame la atención por su irreverencia. Sobre todo, demuestra la vocación de situarse en un lugar incómodo a través de una acción que podría pensarse como típicamente vanguardista.

El libro fue financiado por sus creadores "con gran sacrificio". Se imprimieron 1.000 ejemplares con la leyenda printed in Madrid. Pero, cuando el libro estuvo en la calle, finalmente, el reducido campo cultural de aquel entonces no se dio por aludido. Y el escándalo no se produjo. Los textos fueron publicados a modo de folletín en un diario no muy relevante literariamente, y Stanchina se hizo cargo de confesar la impostura. Apenas consiguieron la tibia queja de un lector. Si el vitalismo de la operación fracasa en cuanto a su potencial fuerza disruptiva, por lo menos deja asentada otra vocación olivariana: la mirada transversal, la pertenencia equívoca, el estallido de efectos paradojales e imprevisibles de su obra.

Volver a empezar. De un tiempo a esta parte, distintas editoriales iniciaron la recuperación de una obra que, conocida y valorada por diversos críticos, no llegó, en nuestros días, a tener la popularidad de algunos de sus compañeros de generación. Primero fue Adriana Hidalgo, con El hombre de la baraja y la puñalada y otros escritos sobre cine, con estudio preliminar de María Mizraje; El 8vo. Loco con Poesías 1920-1930, con prólogo de Ana Ojeda y Rocco Carbone; y recientemente aparecieron dos nuevos títulos: Antología, editada en la colección Los Raros de la Biblioteca Nacional (con estudio preliminar de Jorge Quiroga), y Carne al sol, primer libro del autor, también por El 8vo. Loco con prólogo de Ana Ojeda.

Luego de la primera frustración, el autor no cambió la estrategia. En lugar de generar alianzas se empecinó en hacer una segunda entrada sin el aval ni la simpatía de ningún personaje del círculo intelectual. Carne al sol, también de 1922, comienza con el texto "El inevitable prólogo", que prefigura un destino y establece su deseo de no vincularse a ninguna tradición. En el mismo movimiento, parodia las convenciones literarias y los códigos de comportamiento que exigirían los usos preestablecidos del campo cultural. "Es moda de nuestra incipiente literatura, que al publicarse un primer libro, se haga bajo la égida paternal de un prólogo de alguien ya consagrado", escribe Olivari. A su vez construye su figura de autor como el de un ser marginal, desagradable, casi degradado, cuando reniega de que los libros lleven foto de autor: se pinta a sí mismo como un hombre de dientes cariados y "camisa dudosa", y expresa el ars poetica que irá construyendo y desovillando en cada nuevo libro. Por un lado, manifiesta su "vaga tendencia al simbolismo" que quiere "aunar a la realidad". Para él es tan "cruda y triste", que si no se la intima en un "alto idealismo estético en la prodigiosa música de nuestro armonioso castellano", es mejor dejarla en las noticias policiales y jurídicas.

La ironía y la burla serán dos de las marcas más notables de su estilo, incluso cuando en este prólogo recurre también a la clásica operación de posicionamiento al elegir un enemigo literario: describe a escritores que se resignan tristemente a no "perturbar la digestión a los pazguatos, dándose a escribir cositas por encargo y molde", y menciona a Gustavo Martínez Zubiría (Hugo Wast). En El gato escaldado –con el que obtiene el Premio Municipal de 1929; otro le llegaría por la obra Tedio; Borges fue parte del jurado– escribirá: "Que todos se sacudan como el perro cuando sale del agua de los pesados mitos literarios y poéticos."

El otro Arlt. Si bien fue más conocido como poeta, la narrativa de Olivari no deja de interpelar al lector contemporáneo. Su evolución estilística marca, sin embargo, una preocupación sobre ciertos tópicos que se mantienen hasta su último libro, Mi Buenos Aires querido. Como Roberto Arlt, cultiva un interés por la ciudad y su gente fuera del marco riguroso del realismo y con un tono a veces cínico, mientras cada pieza parece ser, bajo la superficie de una historia frustrante, un estudio sobre la fuerza del deseo como motor que organiza cada barrio, cada esquina, cada hogar. Si se lo ha vinculado a Carriego –y también a Discépolo y los hermanos González Tuñón– por la elección de personajes urbanos marginales –desde linyeras a oficinistas, empleados malpagos y prostitutas–, Olivari decide burlarse de él. La deliciosa y mordaz reescritura de La costurerita dice: "La costurerita que dio aquel mal paso/y lo peor de todo sin necesidad.../bueno, lo cierto del caso/es que no le ha ido del todo mal. (…) ¡Pobre la costurerita que dio el paso malvado!/Pobre si no lo daba... que aún estaría, si no tísica del todo, poco le faltaría."

La musa de la mala pata está dedicado a los empleados de comercio que esperan "la inminencia de la patada patronal". El título, que aúna la referencia culta con el lunfardo, es elocuente en torno a su gesta de rara avis, en la que su irreverencia nunca podrá confundirse con frivolidad. Olivari define este libro como grotesco y rabioso, lo que vuelve a llevarnos a Arlt: en ese mismo año se publicó El juguete rabioso. David Viñas señala que a ambos escritores los une, precisamente, "el sentido de la crispación"; una mezcla de bronca ante la contemplación de la crueldad de una ciudad que, lejos de ser el escenario que habilita cierta gloria en los compadritos borgeanos, deja a sus habitantes –los nuevos inmigrantes– en el abandono. Ambos autores delinean algunos de sus personajes femeninos como factibles de sentir deseo y de llevarlos a cabo, algo bastante inusual en la literatura de la época. Sin embargo, en su relato Revelación, la rubia que inicia al adolescente que vende caramelos en el baile tiene permiso para el goce –como en El amor brujo arltiano– pero luego de la unión perderá su encanto.

La libertad parece ser motor de la fuerza creadora: hay en este texto neologismos ("anhelancia" y carne "inhalta") que pueden pensarse menos como un error que como la descripción desatada del intento de manifestar la potencia inasible del deseo.

Tercera posición. Los binomios sirven para aglutinar en un mapa las estéticas de una época pero, en la disección fina, resaltan los textos que logran sobrepasar los dogmas del mero manifiesto. En los 20, el grupo Florida –con su revista Martín Fierro– y el de Boedo nucleaban un centro de discusión que históricamente se ha resumido en una dicotomía. En incompleta síntesis podría señalarse, en unos, la pasión por la retórica vanguardista; en otros, la vocación política y su interés por personajes marginales. En este sentido, Olivari resultará una figura problemática; su obra maneja como pocas los hilos de la descolocación. Por un lado construirá, como se dijo, su figura de escritor como el de un marginal y su escritura, excéntrica, se configura en el mismo sentido. Pero en ella es imposible concebir una dirección unidimensional. Por ejemplo, en "El verdadero encanto de la bohemia", lejos de idealizar esa condición, se burlará de ella. Ante el engaño de su enamorada, una mujer pragmática que se casa con un rico pero pretende conservar como amante al narrador, se lee: "Pero yo entonces tenía diez y ocho años, una cáscara romántica impermeable a la estulsticia humana y un libro de Hugo bajo el brazo". El autor se sitúa lejos del refinamiento atribuido a Florida, pero también es crítico con respecto a sus personajes castigados, parecidos a los de otros boedistas, pero sin el estigma del adoctrinamiento. Motivos claros por los que fue considerado como un autor "de fronteras" –de nuevo, Arlt es compañero territorial– por la crítica. Porque Olivari aúna procedimientos paródicos con una mirada que roza el naturalismo, sin el adocenamiento del costumbrismo e, inclasificable, cultiva también la paradoja y el oxímoron.

En sus prólogos va aumentando, progresivamente, su crítica al mundo burgués. Con más frescura que resentimiento declara: "Libros de versos dentro del movimiento llamado Boedo: La amada infiel. Por este libro me expulsaron Castelnuovo y Barletta de su grupo y me fui a Florida, donde Ricardo Güiraldes y Evar Méndez recibieron con un abrazo mi recién nacida La musa de la mala pata". Tremendistas, hiperbólicos, graves, irónicos, sus relatos son prueba de ese desplazamiento.

La operación narrativa de "Festín en el bajo Belgrano" es compleja en varios planos. El cuento comienza con una descripción de quienes viven a la sombra del paredón del Río de la Plata –aquí aparece la figura del "ex hombre"– y la descripción de los perros, que en su condición animal poseen una híbrida humanidad. "(…) Siempre perros de flacura inverosímil, de resignada crueldad estereotipada en las pupilas, casi humanas a veces". La belleza es posible en ese cúmulo de basura, donde reina el impulso primitivo impuesto por la extrema pobreza: la joven Marisarda sigue siendo bella aunque sus ropas sean grandes y mugrientas. Cuando sumisa se entrega a las reglas de ser propiedad colectiva de los hombres que abusan de ella, y el lector no puede sentir más que rechazo, Olivari cambia el eje y casi efectista señala: "Y a cien metros de allí, el Belgrano aristocrático y burgués, no soñaba siquiera en aquel brutal festín de carne humana".

Aguafuertes con vigencia. Irreverente, excéntrico, imperfecto, sensible, estrafalario e hiperbólico: en sus creaciones plenas de vaivenes y géneros multifacéticos –poesía, prosa, teatro, crítica– se mantienen constantes esas características. En 1966, antes de morir, deja terminado Mi Buenos Aires querido, quizá la síntesis más intensa y madura de su experiencia como escritor de la ciudad. Años antes había escrito: "Yo me limito a lo que sé: Buenos Aires". (Otra vez, ¿cómo leerlo? ¿Desde la cautela o desde la grandilocuencia?). El texto desarrolla lo particular como reflejo de lo universal, ("El hombre que va al museo", "El de camisa rara") e incorpora una mirada nostálgica sobre lo que el progreso ha devorado, evocando la ciudad de su juventud. A pesar de la melancolía desde la que se narran sus ajustadísimas descripciones, estas aguafuertes pueden leerse, también, como un último grito de rebeldía, una resistencia estética que salve a los hombrecitos que la ciudad, bestia en crecimiento desnaturalizado, va dejando atrás.

Crítica y fascinación

Intelectuales y escritores reaccionaron, con posturas diversas, ante el nuevo lenguaje del cine. En contemporáneos a Olivari, como Quiroga o Borges, no sólo dio pie a ensayar nuevos recursos formales e incorporar personajes de la pantalla, sino también a escribir –se destacan las críticas de Quiroga– reseñas de películas y textos ensayísticos que buscaban analizar el impacto cultural y económico del medio. En 1933, Nicolás Olivari publica El hombre de la baraja y la puñalada y otros escritos sobre cine y ya nos coloca frente a un dilema de múltiples frentes. ¿Cómo leer este libro? ¿Son poemas? ¿Ensayos? ¿Pequeñas prosas? Deliberadamente híbrido, en sus páginas el recorrido va desde la perpleja fascinación –por las actrices, pero también por el lenguaje– a la crítica más dura al star system y el sistema de producción de los estudios hollywoodenses.

Dotará de humanidad a las bellas deidades de la pantalla, atribuyéndoles fuertes connotaciones, ácidas y sensuales a la vez. Sobre Greta Garbo afirma: "Su inefable voz que arranca, como de una cuerda musical, de su clítoris hermafrodita" (estamos en los comienzos del cine sonoro; Olivari criticará el afectado resultado del doblaje). Sobre Marlene Dietrich dice: "Ella es la mujer de la aventura casual en un burdel de la Martinica, cuyos ojos están llenos de candor y su sexo está lleno de placas sifilíticas". Al mismo tiempo, puede establecer esa tensión, profundizada en nuestros días, entre lo local y lo que llamaríamos global; hablando de esos oficinistas que dividen su tiempo entre el trabajo y el cine, de las salas oscuras, refugios indecentes, de las salas de barrio. Y si dice "El cine es onanismo internacional", dedicará algunas páginas para criticar el capitalismo implícito en el negocio. En un momento, relata una visita a un estudio en Los Angeles: "Esas oficinas son un vulgar mercado, que venden a los grandes astros, a las maravillosas estrellas, como si vendieran bolsas de porotos o latas de carne conservada", escribe con crítica decepción. Aunque, para descolocarnos una vez más, a las pocas páginas continúa, relatando su sueño de que exista un futuro en que las Harlows del mundo sean colectivizadas.